martes, 22 de junio de 2010

Puriscal, Turrubares (15/16/17-01-2010)

El segundo día llegamos a Puriscal. El camino seguía cuesta arriba y la confianza, también. Una familia nos paró en la calle y nos ofreció ir a su casa a cenar y pasar la noche. Los seguimos sin salir de nuestro asombro. La familia Arias fue muy hospitalaria con nosotros: nuestros primeros ángeles del camino. Nos habían visto en un reportaje en la tele (que no sabíamos que existía)...a la gente la tv le inspira confianza...así que aprovechamos (en el buen sentido de la palabra) esta “garantía de buena gente” y lo pasamos muy bien.

Observábamos cómo Nahuel los aceptaba de manera inmediata y se involucraba afectivamente con estos nuevos e inesperados amigos. Era una buena señal. Confiábamos en que nuestro verdadero angelito del camino entendería de qué se trataba todo esto y nos sorprendió percibir que ya lo sabía, desde mucho antes que nosotros. El camino se abría aún más iluminado.

Al día siguiente no pudimos subir a las bicicletas porque nuestros cuerpos no resistieron el cálido pero pesado desayuno tico: huevos fritos, frijoles fritos, plátanos fritos, salchichón, café con leche y otras delicias no aptas para ciclistas. Se nos hicieron las 8 y el sol castigaba...como nuestro sentido del tiempo estaba empezando a cambiar, decidimos que nada nos obligada a seguir ese día y buscamos a don Eladio Jiménez que nos había ofrecido un espacio saliendo de la ciudad, ahí nos quedamos. Dedicamos la tarde a conectarnos con la naturaleza y compartir de manera más íntima y en familia esta experiencia que nos sacudía.

A la mañana siguiente seguimos para Turrubares. En el camino nos cruzamos con un grupo de 8 motoqueros que nos saludaron a su paso mientras solucionábamos la primera pinchadura y más adelante nos estaban esperando: nos hicieron señas desde una soda para invitarnos a desayunar. Este grupo de hombres amigos dedicaba un domingo al mes para salir a hacer kilómetros en moto simplemente por el placer de desplazarse en ese vehículo. Otra manera distinta de viajar, muy diferente a la nuestra, pero nos acercó el sentimiento mutuo de solidaridad viajera.

En Turrubares y Orotina paramos en la policía. En Costa Rica encontramos una policía diferente de la que estamos acostumbrados en nuestro país. Varias veces fue la única institución que nos dio una mano y tuvimos el costoso trabajo de hacer que en cierta medida nuestros prejuicios se corrieran un poquito y nos dejaran al menos reconocer este hecho: no nos negaron un espacio para dormir (excepto en San Francisco de Coyote) como sí lo hicieron bomberos (excepto en Liberia), la Cruz Roja (excepto en Santa Cruz) y la iglesia (excepto en ninguna parte).

Vista del Alto y fiestas patronales en Turrubares

Playa Herradura, Jacó, Ceiba (18-01 al 7-02-2010)

Pasamos por Orotina y el próximo destino fue Playa Herradura. Un justo premio a tanto desgaste: la bajada a la playa nos reconfortó y festejamos con una increíble puesta de sol la sensación de haber cumplido con la primera meta.

Aunque en realidad las metas nos las proponemos todos los días, cada una a su debido tiempo: se trata de avanzar hasta donde lo decidan las ganas, la curiosidad, el deseo y Nahuel, por supuesto. Él ya era uno con el viaje, el camino y las bicicletas, emocionaba ver su alegría sincera cada vez que anunciábamos “¡A seguir viaje!”. Él es el motor que nos impulsa a seguir camino, es la verdadera energía. Se maravilla a cada paso y demuestra la fuerza de un guerrero, no desfallece ante el calor, las horas de viaje ni el ritmo de la marcha...

En Herradura pensábamos parar una noche pero conocimos a tres familias que se habían instalado hasta con cocina a gas y...nos dejamos adoptar. Conocimos mucha generosidad desinteresada: la familia Porras-Dávila tenía siempre la mano extendida con gallo pinto, café por la mañana y pescado frito por las noches. Nahuel disfrutó con seis niños de diversas edades que lo cuidaban como si fuera el hermanito menor. El arrullo de las olas nocturnas y el encanto del atardecer en el Pacífico nos atrapó, vivimos -literalmente- sobre la arena durante 7 días maravillosos.

Después de una semana decidimos pedalear 4 km más hasta Jacó para participar del Festival de Artes 2010 organizado por Hugo, Anahí, entre otros. Son amigos argentinos que hace 7 años que viven allí y, aunque esa ciudad no les pertenece originariamente, sienten la inquietud de darle una identidad cultural a un lugar que han visto cambiar a una velocidad vertiginosa ante el desconcierto y el dolor del lugareño. Jacó es una ciudad que en poco tiempo fue trasformada -arrasada- por el turismo.

Disfrutamos del mar todos los días, las olas seguían siendo nuestra música de fondo ya que vivíamos a 50 metros de la playa. Nahuel iba convirtiéndose en pez, las escamas comenzaron a surcarle la piel...
Participamos del festival del 29 al 31 de enero y así nació la Compañía Tricletas (aún sin nombre en ese momento): por primera vez compartimos escenario Luciano y yo. Nahuel comenzaba a aceptar el hecho y sólo manifestaba el reclamo ensuciando sus pañales nocturnos 2 minutos antes de salir a escena...

De Jacó nos encaminamos a Puntarenas pasando por Ceiba, un pueblito de unas 2 cuadras de largo, donde nos hospedó Víctor Salazar Porras y su familia. Este señor, un policía retirado, vivía en lo que había sido la estación de policía y parada del tren que hacía 6 meses había dejado de circular. Como llegamos el día de las elecciones presidenciales, ligamos un plato de comida pagado por la que en horas se convertiría en la señora presidente de Costa Rica, Laura Chinchilla.

Fue muy difícil para mí comprender la relación entre hombres y mujeres ya que nosotras somos borradas del mapa en diversas ocasiones, a veces por machismo, otras por respeto...al “macho”. En reiteradas ocasiones los hombres saludaban a mi compañero y ni me volteaban a ver, dejándome con la mano extendida o con mi saludo desvaneciéndose en el aire. Acto seguido, estallaba en colores y chisporroteos de cólera.
Esas situaciones se repetían sobre todo el el campo. Una vez, estábamos sudando la gota gorda en una cuesta que debíamos subir caminando a paso de hombre cansado (porque apenitas avanzábamos), íbamos parando cada 20 mts porque era realmente empinada y llegamos hasta donde había 7 hombres trabajando en la ruta que... se quedaron mirando...No sólo eso, empezaron a caminar atrás nuestro ...un largo trecho siguiéndonos... no entendíamos qué pasaba, ¡no necesitábamos guardaespaldas sino brazos que nos ayudaran a empujar la carga! Cuando uno de ellos, con cierta timidez se adelantó y pidió permiso a Luciano para ayudarme a empujar la bici, comprendimos que era “respeto” o algo así. Desde ese momento empezamos a interpretar desde otro lugar la “invisibilidad” en el que las mujeres éramos sumergidas, pero creo que hay cuestiones de género mucho más fuertes que no llegamos a detectar.

A la gente en general le cuesta aceptar que simplemente viajamos en bici y que tal vez pensamos algo diferente.
Un señor que nos paró en el camino para ofrecernos generosa y desinteresadamente un lugar donde poner la carpa, se acercó varias veces hasta nosotros para interrogarnos y exponernos sus conclusiones al tratar de encasillarnos en alguna categoría. La conclusión final fue la siguiente:
“Si no son gitanos, entonces la única razón de vivir así es que huyen de familias disfuncionales...”
Cuando preguntamos a qué se refería, dijo:
“Huyen de la droga o el maltrato en su familia. No hay otra forma para que viajen así”.
Se desilusionó cuando le dijimos que no era ese el motivo y nos vimos en la estúpida situación de querer convencerlo que veníamos de familias bien constituidas, que nuestros padres hacía como 40 años que estaban juntos y que éramos unidos y...y...Cuando nos escuchamos decir tantas bobadas dejamos de hablar y nos arrepentimos de no haberle dicho que tenía razón.

La cuestión religiosa puede ser determinante en una relación, hubo quienes nos preguntaban si éramos católicos o creíamos en Dios sin dejar margen a una respuesta negativa. La mayoría espera que justifiquemos nuestras andanzas con el cumplimiento de una promesa o una penitencia.

Cómo explicar la fuerza de un sueño, la fe ciega en que nada es imposible. Cómo evitar los oídos incrédulos al hablar del mensaje de amor, libertad y vida que queremos transmitir a nuestro hijo. Cómo no ser mirados como extraños cuando decimos que es la manera que encontramos para estar con nuestro pequeño las 24 horas sin educadores intermediarios. Cómo convencer a la gente de nuestra enorme riqueza inmaterial...

Montezuma (10 al 24 -02-2010)


Desde la ciudad de Cóbano empezó el ripio: 7km hasta Montezuma. La llegada fue una tortura, ya que el camino era realmente intransitable, las bajadas y subidas pronunciadas y con piedra suelta hubo que bajarlas a paso de tortuga, cada bici la movimos de a dos. Las puteadas iban en aumento porque este pueblo tiene mucha guita, está poblado por gringos y europeos y todo es demasiado caro, viven pensando en cómo desplumar al turista, así que el que tengan unos caminos de acceso en esas condiciones es vergonzoso... La primera impresión no fue muy grata porque no era la Costa Rica que buscábamos sino un conjunto de negocios, restaurantes y casas de souvenirs para extranjeros, pero ya estábamos advertidos acerca de eso así que ...”a llorar al campito”.

Después de dar algunas vueltas terminamos en el camping de Pato, en la playa, un lugar donde viven artesanos durante la temporada y algunos de manera permanente. Tuvimos que pagar por primera vez en viaje pero por suerte pegamos onda y el lugar era muy tranqui y hermoso, así que dolió menos. El único cuidado que debíamos tener era de no dejar nada al alcance de los monos carablancas que son unos ladrones, las ardillas que escupían desde las palmeras, los cangrejitos que invadían las carpas y las iguanas que no hacían nada...por suerte. Nadábamos entre peces y vivíamos entre bichitos de los más simpáticos. Nahuel estaba fascinado y el mar se hizo,definitivamente, su hábitat natural, no demostraba el mínimo temor a las olas que lo envolvían y arrastraban una y otra vez, mientras no dejaba de hacer escándalos cuando intentábamos lavarle la cabeza en el baño.

A los 2 días de llegados, Luciano se fue una semana a San José por trabajo. Nahuel y yo descansamos de los días de pedaleo y lo pasamos bomba, con una sobredosis sana de madre-hijo. El gordo fue muy compinche, me ayudaba en todo: juntábamos leña, prendíamos el fuego, hacíamos los mandados, cocinábamos, todo de a dos. Hicimos varios amigos y él era reclamado en el camping por los cuatro costados: juntaba las hojas que ensuciaban el camping con uno, salía a caminar con otro, tocaba tambores con otro, conversaba, compartía almuerzos y cenas de fogón con todos.
Las caminatas por el bosque eran purificadoras, íbamos persiguiendo monos e iguanas, convirtiendo palos en barcos, barcos en vacas, vacas en pájaros y pájaros en espuma. Visitamos reiteradas veces un río que desemboca en la playa, nadamos entre peces y nos divertimos a lo grande mientras extrañábamos mucho a Luciano. Cuando regresó, cargado de cosas y regalos para Nahuel fue genial, porque 6 días de separación habían sido demasiados.

Después de varios intentos frustrados para hacer funciones en Montezuma, seguimos camino. Pero no sin antes tirar la última carta con la música: Luciano tocó la armónica en una pizzería de argentinos y el violín en la calle junto a los artesanos. Ambas experiencias nos dejaron en claro que aunque la gente disfrutó de ese arte no consideraba necesaria una retribución económica, la mayoría es capaz de pagar muchos dólares por un masaje o una experiencia “chamánico-mística” pero nada por una caricia que apunta directamente al corazón. Pero como para nosotros el arte es una manera pura de expresarnos y de dar, poco importó ese maltrato: nos regalamos en familia notas y sonrisas, silencios respetuosos y aplausos cariñosos. Nos acompañamos concentrados en aunar las fuerzas que nos conectan para seguir abriéndonos, maravillados, el camino. Nuestro sueño se fortalecía y resignificaba con cada pedaleo.

Salimos de esa playa no sin esfuerzo: primero porque costó que los nuevos amigos nos dejaran ir, después porque tuvimos que subir (a pie) varias cuestas muy empinadas (aunque cortas, por suerte). Tardamos un par de horas sólo para eso. Cuando eso pasa no avanzamos pero nos agotamos, porque el sol nos sofoca rápido. Al mediodía empezamos a buscar lugar donde parar.

Fuimos al colegio de San Isidro y nos cerraron las puertas sin disimulo, docentes y padres. Cuanto más pequeño es el pueblo se sienten más los prejuicios y temores de la gente que no comprende por qué...todo: la bici, el trabajo, el nomadismo, el trueque, la carpa, la pinta, el viaje, el niño...etc. Nos han dicho que está “mal visto” vivir “así”, no saben de qué se trata pero sacan conclusiones de los “porqué”. En esos pueblitos la gente se cierra por “el qué dirán” y por el “por las dudas”: en ese momento dejan de predicar olvidando cualquier ley divina de solidaridad hacia el prójimo, pero el universo se encarga de que siempre haya alguien dispuesto a dar desinteresadamente, sólo hay que afinar la puntería para dar con él.


Camino a Montezuma: Puerto Paquera y Playa Tambor
Descansos y acrobacia en el río.





 Playa Montezuma
Santa Teresa (25 al 28-02-2010)

Llegamos a Santa Teresa, ciudad playera, turística, de surf...Detrás de la frivolidad hay un mundo auténtico al que tuvimos la suerte de asomarnos de la mano de Minor y Milena (dos luchadores de la educación de quienes hablamos en “Función en Santa Teresa”).

Estuvimos recorriendo esta ciudad de punta a punta intentando conseguir un hospedaje alternativo al que se le da al gringo en cabinas rodeadas de una onda ecológico-mística que no es accesible a nuestro bolsillo. Los campings no existen y la gente a la que acudimos se excusó de mil maneras llorando una crisis que no veíamos, culpando de eso al gringo al que despluman y rodeados de lujos que celan con un egoísmo inquebrantable...

Sentados en la playa junto a las bicis disfrutábamos de un pic-nic mientras reflexionábamos acerca del error de querer forzar nuestra suerte. Concluimos que debíamos pagar costos injustos por estar entre gente mezquina y rodeada de riquezas, y dejar fluir...De pronto, un húngaro mayor, de pelo largo y tatuado por donde lo miráramos, nos pidió permiso en un costoso español para sacarnos una foto, mientras repetía emocionado: “A mi mamá le va a gustar”. Entre las risas al ver a aquél grandote tatuado pelilargo, tan lejos de su país y pensando en su mamá, se nos fue alejando el enojo...El húngaro se fue pronto, pero regresó en el momento menos pensado para agradecernos la foto con un billete por el valor exacto de lo que salía una noche en una cabina de Santa Teresa...Esta vez el ángel tenía tatuajes y arrugas...





Seguimos hasta el río Ario, donde acampamos solos y felices, después de atravesar kilómetros de playa junto al mar, escapando de un supuesto Tsunami que estaba pronosticado (huellas paranoides por el ocurrido en Chile, que ignorábamos hasta el momento). Esa noche sólo debimos espantar en varias oportunidades a 6 caballos que galopaban alrededor de nuestra tienda y no nos dejaban dormir muy bien. nos estaban dando, tal vez, la bienvenida.  La naturaleza nos rodeaba y protegía, generosa, recibiéndonos abierta y dando a manos llenas.


San Francisco de Coyote (28-02 al 10-03-2010)

Costoso camino de piedra. Duro, lento, dificultoso, agotador bajo un sol agobiante. Había que sobreponerse al cansancio, la poca sombra, la escasez de agua, el sofocón, el avance a pie por la imposibilidad de pedalear la mayor parte del camino y los gritos de Nahuel ante la sacudida pedregosa...Esa es siempre la prueba más difícil: un grito o llanto en un tramo complicado puede sacar energías de manera inmediata y dar lugar a la desesperación si es que no estamos preparados para enfrentarlo.

La llegada a San Francisco fue positiva ya que unos ciclistas que nos habían cruzado en el camino nos estaban esperado y nos invitaron a dormir en unas cabinas. Agradecidos por el gesto, nos empecinamos en hacer función (ver Función San Francisco de Coyote)pero no conseguimos que nos permitieran fácilmente pasar las siguientes noches.

Luciano cayó con chistate o infección urinaria. Días de fiebre en carpa, paralizados, sin farmacias ni médicos ni buses cerca, ya que lo único que hay es una salita que atiende con suerte una vez a la semana y sólo a costarricenses con seguro médico...
Después de que llovieron iguanas del cielo, bajó un poco la fiebre y nos propusimos hacer 3 km hasta la casa de uno de los policías que nos había abierto la invitación, al menos para que Luciano pudiera descansar mejor.

En ese momento, justo antes de subirnos a las bicis ya cargadas, apareció por el fondo del terreno una señora muy alegre con dos nietos, hablándole a Nahuel porque lo había escuchado cantar esa mañana y otros días. Nos invitó de una manera fresca -como hacía tiempo que no escuchábamos- a hospedarnos en su casa y se llevó de la mano Nahuel para que la ayudara a barrer las hojas del patio. Era Margarita  Campos que, junto a don Evelio Quiroz Baltodano,  serían nuestros ángeles guardianes durante las siguientes dos semanas.
Esta gente demostró una gran capacidad de dar de manera desinteresada y a manos llenas. Con una sencillez conmovedora acercaban platos de comida cada día y nos ofrecieron una gran casa desocupada para que la llenáramos a nuestro modo por el tiempo que deseáramos. Nahuel estaba feliz, con dos abuelos adoptivos y dos amigos de 5 y 7 años que lo consentían, Derek y Darrel.
El cariño creció, se profundizó y no encontraba maneras claras de salir, ya que las expresiones francas de agradecimiento parecía incomodarles. Decidimos manifestarlo con una función cuidada y dada con alegría y emoción a los vecinos y amigos de esta familia. Sentimos que estábamos haciendo lo correcto, en el lugar correcto, en el momento correcto. Fue una sensación plena, linda, agradecida. Costó que nos dejaran ir. La despedida fue muy difícil, hubo lágrimas que se escaparon y las impresiones, rostros y tonos de voces quedaron grabadas en el corazón.


Nicoya, Santa Cruz y Filadelfia (11 al 14-03-2010)


Camino a Nicoya debíamos seguir luchando con el camino de tierra y piedras y subir una cuesta que decían angosta y empinada. No sabíamos cuánto camino de ripio quedaba todavía y había que seguir trabajando la paciencia y la fuerza interior.

A veces no es fácil luchar contra las frustraciones o dejar de buscar justificativos para excusarse ante ciertas limitaciones. Hasta que uno comprende que hay que dejar de pelearse con uno mismo, empezar a tenerse como el mejor aliado, conectar nuestras partes terrestres con las celestiales y seguir...
El pedal tiene esas cosas maravillosas que conecta al hombre con otras realidades. Llevamos imágenes y sonidos irrepetibles en la memoria. Es inexplicable la maravilla que encierra la sombra de una flor que va cayendo de alturas mágicas y se proyecta, de manera creciente, sobre el brillo enceguecedor del asfalto; como también lo es el sonido musical y perfecto de una hoja seca que se desprende de la rama de la que ya no puede sostenerse.

Paramos en Junquillo, un pueblito de calles de tierra a tomar agua y comer fruta cuando alguien nos ofreció un camión para pasar la cuesta hasta el asfalto (el milagro se dio porque nos habían visto en la tele y se quisieron sumar a la odisea). Aceptamos contentos y esos 40 kilómetros en pocos minutos de camión simplificaron 2 o 3 días de pedaleo. Agradecimos no tanto el ahorro de tiempo como el haber evitado esa subida empinada y demasiado angosta para el carro. ¡Veíamos la ruta y no lo podíamos creer! ¡Asfalto otra vez! Dormimos en el cruce Nandayure-Nicoya, en una estación de servicio, y continuamos al día siguiente.

Volábamos en el camino. Las ruedas no lograban creer que no serían apedreadas por un tiempo, al menos. Nosotros agradecíamos de manera permanente y empezábamos a sentir que bici y cuerpo se unificaban: el manubrio pasó a ser la prolongación de los brazos y los pedales, la de las piernas. El ruido de las llantas contra el cemento sonaba acompasado con los sonidos del corazón.

En pocas horas llegamos a la ciudad de Nicoya y la policía nos colocó en el terreno donde se estaba realizando en ese mismo momento la Feria del Agricultor...no había mejor lugar para parar. Entramos sucios y sudados, y nos ubicamos como siempre que llegamos: tratando de ocupar poco espacio. Éramos los bichitos raros, más interesantes que las pilas de tomates, bananos, piñas, y tantas etcéteras.
El primero que se acercó fue un camionero, Olivier, para ofrendar una piña (la más rica y agradecida que recordamos haber comido). Luego lo hicieron otros camioneros curiosos, a los que Luciano cautivó con su encanto natural e inevitable: algunos trucos de magia y la bici-licuadora en marcha fueron suficientes para ganarnos la simpatía y varios kilos de frutas y verduras. Ese día comimos maravillosamente y por la noche, nos llenaron de las delicias que no se habían vendido, hasta tuvimos que rechazar algunos kilos por no poder transportarlos. Nos alimentamos durante 3 días con tantos regalos sabrosos.

A Nicoya le siguió Santa Cruz, donde paramos en la Cruz Roja, la primera que nos recibió desde que salimos ya que las otras nos rechazaban “por reglamento”. El director de esta institución había sido educador junto con su esposa durante 30 años y se sintió identificado con nosotros. Después de un baño mágico nos instalamos en el fondo e hicimos rancho entre unas maderas bajo un mango que no dejaba de bombardearnos con sus frutos generosos.

Luego vino Filadelfia, donde tuvimos una experiencia extraterrestre y nos sentimos realmente parte de un circo ambulante, sólo que en el circo...¡¡éramos los monos!!
La policía ya nos había hospedado, íbamos a acampar en la acera. La gente empezó a pasar para ver a esos extranjeros extraños y hubo quien nos regaló agua helada (hacía un calor insufrible), jugo y papas saladas para Nahuel y, cuando les dijimos que en dos días cumpliría dos años, regresaron más tarde con un regalito para él.
También apareció Carmen: una señora que demostró una exagerada e insistente solidaridad y prácticamente nos obligó a seguirla hasta su casa donde quería hospedarnos. Como había fiestas patronales aceptamos, ya que no era difícil imaginar el exceso de alcohol y demases que no queríamos vivenciar de cerca. En el camino empezó a hablar ,verborrágica, casi incoherente, y nos dimos cuenta de que había algo que no dejaba salir a la luz. Nos impacientamos pero decidimos seguir y no perder la calma. Repetía sin cansarse que estaba feliz porque tenía amigos argentinos, que siempre había querido ser amiga de extranjeros y que le teníamos que prometer que dejaríamos que dijera que era nuestra amiga... Hablaba de la pobreza de su casa y del gran corazón de su familia y creímos comprender que ese era el misterio, pero cuando intentamos explicarle que eso no era importante y quisimos contarle cómo vivíamos, no le interesó escuchar...demostraba una emoción excesiva y empezaba a planificar sobre nosotros sin consultarnos... eso nos intranquilizó otra vez...
Llegamos a su barrio y obligó a cada uno de los habitantes de cada casa por la que pasábamos a salir y saludarnos. Sentíamos bastante incomodidad pero tranquilizaba el percibir que los vecinos vivían lo mismo que nosotros...Siempre tratamos de mantener un bajo perfil pero Carmen esa vez se encargó de que no fuera de ese modo.
Costosamente llegamos a la casa donde nos recibió doña Francisca,su mamá, quien después de que entramos como “Pancho por su casa” y nos sentamos a descansar (contentos de poder guardarnos un poco de tanta exposición obligada) nos dijo no sin dificultad que no podíamos quedarnos porque su hijo mayor- que no vivía con ellos y que casi nunca pisaba esa vivienda- se lo impedía. De pronto nos vimos en medio de conflictos familiares: la señora que con vergüenza nos intentaba explicar y justificar la actitud de su hijo invisible y Carmen que lloraba ante la desaprobación de un hermano autoritario...Queríamos desaparecer pero no nos permitían salir: Carmen, por necedad y la vieja, por culpa, tal vez.
Para hacerla corta: Carmen nos metió casi a los empujones a una habitación demasiado pequeña para poner sillas -ya que estaba casi íntegramente ocupada por la cama matrimonial donde su hijo y su nuera miraban en ese momento tv- y nos puso vasos de Coca en la mano -a pesar de haber dicho “no gracias” ya que creemos que la Coca Cola es un veneno. En un espacio tan reducido y ante la incomodidad de una relación obligada (su hijo no manifestaba ningún interés en salir y saludarnos) nos pusimos a conversar. Los chicos resultaron muy agradables, nos conectamos bien: la bici era una pasión compartida. Finalmente nos insistieron para que pasemos la noche en el patio de la casa y... Carmen se perdió tras las botellas de guaro y el carnaval ...No la volvimos a ver.
Liberia (15-03 al  14-04-2010)
A la salida de Filadelfia dos estaciones de servicio (Shell y Esso) que se ubican enfrentadas en la carretera, nos negaron aire para las ruedas de las bicis. Una dijo que las bicicletas estaban “prohibidas”, la otra que “se lo impedía el reglamento” (si alguien puede explicarlo de manera coherente, agradeceremos un breve comentario).
Para paralizarnos se necesita meter un palo bastante más grande que ese entre los rayos, de modo que...seguimos meta pedal, muy ansiosos por conocer a los amigos de Calle, fuego y tambor que nos estaban esperando y pensando en el cumpleaños de Nahuel, que sería en apenas unos días. Llegamos en 3 horas o menos. Fuimos muy bien recibidos por Chucho y Orullo (de Calle, fuego y tambor) y nos instalamos en el cuartel de bomberos durante 3 días, donde Nahuel entabló relaciones con los “amíos bobelos” sin importarle jerarquías ni medallas.

Luego nos mudamos a casa de Ana Alvarado, mamá de Ernesto y Moni. El día que llegamos era el cumpleaños de Nahuel, de modo que como ya habíamos anticipado la imperiosa necesidad de un horno donde hacer una torta, Ana nos cedió el suyo para el evento. Esa tarde salimos a festejar con una familia que acabábamos de conocer a los inflables, donde Nahuel jamás había ido. Cuando llegamos y vimos todo apagado, Luciano y yo nos desinflamos como esos muñecos...¡nos sentimos muy mal pensando que ya no podríamos hacer algo especial para nuestro ángel! Pero afortunadamente, no hicimos más que bajar del auto cuando las dueñas del lugar apretaron un botón y...¡los gigantes empezaron a llenarse de aire! Nahuel tuvo ese lugar de manera exclusiva y lo disfrutó al máximo con sus dos nuevas amiguitas. A la vuelta, justo antes de que cayera rendido en los brazos de Morfeo, apagamos las velitas en un muy íntimo e intenso festejo: el primer cumpleaños en ruta.

En casa de Ana pasaríamos más de 20 días maravillosos como integrantes de esta familia. Nahuel pasó a ser el consentido: le prestaron una tele y era mimado con frescos, frutas y batidos casi a diario. Nahuel y Ana lograron una conexión cómplice maravillosa. Al final del día, cuando ella regresaba de trabajar, ambos corrían al mutuo encuentro con los brazos extendidos y con gritos de alegría, los unía un amor incondicional. Juntos lavaban la ropa, limpiaban, atendían a los conejos, cocinaban, miraban tv, almorzaban o cenaban...Moni y Ernesto también fueron parte significativa en ese período de su vida, los buscaba y no podía pasar un día sin preguntar por ellos. Ambos demostraron una gran paciencia y amor hacia este bichito inquieto que llenaba el ambiente de risas y ruidos.

Cada atardecer teníamos charlas gratas en el pasillo con Ernesto, amigo solidario, curioso y pieza fuerte en el grupo Calle fuego y tambor. Con Ana hicimos una hermosa relación, aprendimos mucho de esta mujer guerrera de amplia e imborrable sonrisa, defensora de su libertad y de la de sus hijos, que nos demostró -a través de anécdotas de vida- lucidez, convicción y la fortaleza de enfrentarse a la cerrazón de prejuicios sociales, religiosos y familiares.

Durante ese tiempo vivimos bajo cierta rutina citadina: ensayos en la Antigua Comandancia, trabajo, mercado los jueves, siesta todos los días, paseos por el parque, desayunos de panqueques y helados por las tardes. Costaba la idea de seguir porque los afectos se habían fortalecido: dos días de preparativos, despedidas y a continuar con nuestro camino. No pudimos evitar los llantos ya que Ana se había transformado en una especie de madre/amiga/vecina y el verla afligida fue realmente contagioso. Las primeras pedaleadas resultaron pesadas porque los pensamientos y sensaciones tiraban para atrás, pero el aire fresco del amanecer nos renovó y las alas se abrieron de nuevo.